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El futuro del campo según Monsanto

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(Jornada del Campo).- Escuchamos con frecuencia que en los próximos años se requerirá alimentar a una población en constante crecimiento.

En esa lógica, Monsanto difunde un anuncio en varios medios, en donde señala: “Se estima que para el año 2050, la población mundial será de más de nueve mil millones de personas. Expertos pronostican la necesidad de duplicar la producción de alimentos para satisfacer a una población creciente”.

Pero la realidad nos demuestra que aun cuando aumenta la producción de alimentos el hambre persiste.


Buen ejemplo en estos días son las dramáticas fotografías de niños al borde de la muerte por inanición en Somalia, país que sufre una hambruna creciente y que empeora ante la falta de ayuda internacional. Al tiempo, golpea el estudio de este año de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) que señala que una tercera parte de los alimentos del mundo se desperdicia. Esto significa toneladas que paran en los tiraderos de basura, o que se tiran al fondo del mar para evitar caídas de precios, lo cual genera problemas de desechos, amén del costo de producción inútil.

Lo lógico sería enviar el excedente de alimentos de algunos países hacia aquellos que lo requieran. Pero no ocurre así; en este extraño mundo conviven la carencia y la abundancia. Crece el hambre y la desnutrición en paralelo a la obesidad. Así, el problema del hambre no se debe a la falta de alimentos sino a la mala distribución.

La situación, que cobra tintes de perversidad, se presenta porque los alimentos se han convertido en mercancías que dependen de las reglas del mercado, con lo cual su producción y distribución están determinadas por los intereses económicos de unos cuantos que hoy lucran con una de las necesidades básicas de la humanidad.

Por ello, es una falacia decir que el problema del hambre se solucionará aumentando la producción con alternativas tecnológicas. Más de medio siglo de revolución verde lo ha demostrado: aun cuando se aumente la producción, los excedentes se acumulan y no se reparten de manera equitativa.

La forma de producción llamada industrial permitió la aparición de nuevos actores en la producción de variedades híbridas: investigadores, instituciones estatales y privadas responsables de su producción. La industria que durante la Segunda Guerra Mundial creó y fabricó explosivos, gases y defoliadores, se transformó en la industria química productora de fertilizantes, plaguicidas y herbicidas. Las compañías Dow, DuPont y Monsanto ingresaron a estos mercados nuevos con una gran potencia económica y política. En términos económicos los beneficiados fueron estas empresas y los intermediarios.

La verdadera revolución ha sido abrir los ojos a la ecología. A partir de la “primavera silenciosa”, se señalaron las graves consecuencias que esta agricultura tenía para los seres vivos del planeta: uso de agroquímicos (se ha demostrado crecientemente las graves consecuencias que tienen, sobre todo en los embriones y en los niños) y de fertilizantes (causantes de la emisión de gases con efecto invernadero y la eutroficación de los mares y ríos); el uso excesivo de agua dulce, y muchas más situaciones que hoy nos obligan a replantearnos la llamada agricultura industrializada.

Hoy se señala que este modelo de producción de alimentos es el mayor causante de la producción de gases con efecto invernadero.

Cuando Monsanto anuncia con una linda foto de una gota de lluvia: “Necesitamos tomar más de cada gota de agua de riego”. Y dice “En Monsanto estamos desarrollando semillas de alta tecnología, para que el agricultor pueda producir más alimento, usando hasta un 33 por ciento menos de agua y así aproveche cada gota de lluvia”, claramente nos demuestra que sus alternativas están inscritas en el mismo círculo vicioso de la agricultura industrial: riego y tecnología.

Pero analicemos sus tan anunciadas variedades resistentes a la sequía, que según ellos contenderán con el cambio climático y acabarán el hambre. En principio, es fundamental comprender que la respuesta de las plantas a condiciones de sequía involucra múltiples genes, es decir es poligénica y es difícil de intervenir con ingeniería sistemas tan complejos. Aún más complejo es el aumento de rendimientos. Éste responde no sólo a factores genéticos; involucra también variables externas como clima, suelos, prácticas agrícolas, etcétera.

Por ello no es de extrañar que en las conferencias donde las trasnacionales anuncian sus supuestos avances tecnológicos como aquella en que “Científicos de Monsanto y de BASF anuncian el descubrimiento de un gen que confiere tolerancia a la sequía en plantas de maíz”, al final del boletín de prensa en letras pequeñas dicen “Advertencia sobre información respecto de expectativas futuras: (…) como estas declaraciones se basan en factores que involucran riesgos e incertidumbres, el desempeño y los resultados reales de la empresa pueden diferir considerablemente de los descritos en dichas declaraciones o implícitos en ellas. Los factores que podrían causar o contribuir a tales diferencias son, entre otros: el éxito de las actividades de investigación de desarrollo de las empresas (….)”. Así lo menciona un comunicado de Monsanto de 2009.

Empezamos entonces a entender que más que ser una preocupación, “el hambre es un negocio. El capitalismo (…) ratifica la continuidad de la devastación del medio ambiente, la irracional explotación de los recursos no renovables y la pauperización de la vida de los que son millones. Y, al mismo tiempo, vende productos para saciar el hambre que impulsa y multiplica. La perversión llevada al extremo. La creación de masas de empobrecidos para que luego sean los Estados nacionales los clientes que compren productos para responder a esas demandas mínimas. Entre los que piensan el futuro y los negocios del mañana a partir del hambre de los que son más en esta cápsula espacial llamada Tierra, están las grandes multinacionales de la semillas y los agroquímicos, como Monsanto”. (Del Frade Carlos, 2011. Los negocios de Monsanto. Agencia de Noticias de Niñez y Juventud Pelota de Trapo, http://su.pr/1ad334)

Regresando a su publicidad que recorre el mundo, Monsato dice “La agricultura no irrigada (de temporal para nosotros) produce el 60 por ciento de los alimentos del mundo”.

También es esta agricultura la que ha desarrollado las variedades mejor adaptadas a las condiciones extremas, son estos agricultores los que mantienen por vía oral conocimientos milenarios que han generado la biodiversidad que hoy gozamos en nuestra alimentación y en buena parte de la farmacéutica.

Esta agricultura no sólo ha resistido; ha innovado, ha aprendido a convivir y a utilizar algunas herramientas de la agricultura industrial. Mantiene sistemas como la milpa y la chinampa que son ejemplos de sistemas sustentables que conviven en un equilibrio ecológico perfecto. Esta agricultura, que a pesar del embate sigue dándonos de comer manteniendo bienes y servicios ambientales, como el agua y el oxígeno, nos dota de insumos básicos: madera, algodón y ahora agrocombustibles. En su entorno se creó, subsiste y se reproduce una cultura que hoy es una alternativa a la crisis que vivimos.

Tal vez, como planteaba una mujer guaraní: “¡Debemos elegir entre ser una República de la soja o una del choclo (maíz)!”. A la humanidad nos toca elegir entre ser alimentados por campesinos o por empresas, bajo los preceptos de comunalidad o los del capitalismo, buscando la sustentabilidad o la ganancia, el futuro o el fin del planeta.

 

Información de Adelita San Vicente Tello /La Jornada del Campo/ Semillas de Vida, AC adelita@semillasdevida.org.mx

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